1998 margamar

Sergio Ramírez,
ganador del Premio Alfaguara en 1998 con
Margarita, está linda la mar

«Era el viernes 20 de febrero de 1998. Carlos Fuentes empezó por preguntarme qué horas eran en Managua, y tampoco es que me estuviera llamando por teléfono para comparar los husos horarios entre Madrid y Managua. Mi novela había ganado junto a Caracol Beach, del cubano Eliseo Alberto (Lichi), muerto en México el año pasado, el Premio Alfaguara de Novela convocado por primera vez. Un premio doble, no dividido. Sólo que, me dijo Fuentes, el jurado recomendaba cambiar el nombre de la mía por el de Margarita, está linda la mar, o lo recomendaba él, o Juan Cruz, que estaba en el jurado con voz pero sin voto junto con Sealtiel Alatriste. Yo la había titulado Fin de fiesta. Y acepté allí mismo sin pensarlo dos veces, no estaba para dobles pensamientos, y antes de colgar me advirtió Fuentes que la noticia no se daría sino una hora después en una conferencia de prensa en Casa de América, con lo que debería quedarme callado hasta entonces, solo en la casa porque Tulita, mi mujer, había salido temprano, y amedrentado por la advertencia me la tomé al pie de la letra y no me atrevía a alzar el teléfono ni para llamar a mis propios hijos, y a Tulita imposible, siempre se ha negado a llevar un teléfono celular porque no quiere que nadie la controle, y ese Nadie, como en la historia de Ulises con el cíclope Polifemo, soy yo, y entonces en la soledad de mi estudio, frente a la computadora apagada, me sentí en medio del vacío, un vacío feliz. Sealtiel vino a Managua en abril para el lanzamiento, y celebramos el acto en las ruinas de la vieja catedral de Managua quebrantada por el terremoto de 1972, con una apoteósica asistencia de tres mil personas. Sealtiel habló desde el altar mayor y, muy emocionado, empezó a recordar cómo había surgido la idea del premio en una plática entre él y Juan Cruz. Sus evocaciones de Juan eran constantes: “Si Juan estuviera aquí…”, “Si Juan pudiera ver esto…”, decía. Entre el público comenzó a crearse un ambiente de pesar, como si aquel Juan Cruz a quien Sealtiel recordaba de manera tan perseverante hubiera muerto, y como las huellas de la revolución estaban aún frescas, y a los caídos se les honraba con consignas, desde atrás de la nave en penumbras empezó a crecer un coro que repetía “¡Compañero Juan Cruz, presente, presente, presente…!”.»

Manuel Vicent,
ganador del Premio Alfaguara en 1999 con
Son de mar

«El Premio Alfaguara supone que tu novela saca las plumas para abrirse hueco en las mesas de novedades y resistir el embate de la competencia. Pero un premio es el impulso exterior, la carcasa; la novela lleva la carga en su interior. Y puesto que está tan abierto a Latinoamérica, el Premio Alfaguara es una buena nave para navegar ese mar de la lengua común que nos une.»

Clara Sánchez,
ganadora del Premio Alfaguara en 2000 con
Últimas noticias del paraíso

«Recibí el premio Alfaguara en el 2000, un año redondo, que nos metía en el futuro. Para mí supuso una alegría, una oportunidad de ser más conocida y de poner un pie en todo lo que me quedaba por conocer, por vivir y por escribir. Forma parte de mi biografía y de las cosas buenas que me han ocurrido.»

Elena Poniatowska,
ganadora del Premio Alfaguara en 2001 con
La piel del cielo

«En marzo de 2001, salía yo en pants para ir al Club España cercano a la casa a treparme a una bicicleta estacionaria cuando sonó el teléfono y Chabela gritó en la puerta mientras tejía sus largas trenzas negras: “Regrésese, le llaman de España”. “Soy Antonio Muñoz Molina, presidente del Jurado del Premio Alfaguara; hablo para decirle que lo ha ganado.” Un círculo me apretó la cabeza, seguro el círculo de la corona. A los diez minutos llegaron los periodistas y nos abrazamos. También yo soy periodista. Ese día fue como una campana que suena en el bosque y te hace encontrar el camino. Mamá estaba muy enferma, no sabía yo que tan enferma. Fui a su casa a contárselo y me respondió: “¡Qué bueno porque ahora ya no vas a escribir!”. Me sentí de la patada. Por escribir la había yo desatendido. Murió en marzo de 2001, poco tiempo después del anuncio del premio, y por eso el Alfaguara tiene para mí un sabor que supongo no tiene ninguno otro premiado.»

Xavier Velasco,
ganador del Premio Alfaguara en 2003 con
Diablo guardián

«Más que premio, lo llamo rescate. Un par de años atrás, la certeza de haberlo abandonado todo y apostado la vida por una novela me sonaba de pronto insensata al extremo de arrebatarme el sueño, pero si al fin había quemado las naves no me quedaba sino creer como un fanático en la inminencia de lo imposible. Vivía en buena parte de dinero prestado en el nombre de aquella novela embrionaria (a cuyo término, según prometí, pagaría mis deudas). Nada de raro tuvo que un día la protagonista de mi historia fuese a dar a Las Vegas, si cada nuevo párrafo era como otra ficha en la ruleta. Cuando el día llegó, pasé la noche en vela igual que el condenado que espera tercamente por el indulto. Y justo como ocurre en las novelas, a la orilla del fin de la historia empezaba otra historia, que se extiende hasta hoy. En muy pocas palabras, el Rescate Alfaguara me ha partido la vida espectacularmente, como suele pasar cuando la insensatez impone su ley. Desde entonces, siempre que alguien me pide que sea sensato, le replico que no soy abogado: a mí me pagan por perder el juicio.»

Laura Restrepo,
ganadora del Premio Alfaguara en 2004 con
Delirio

«Dicen que cada día hay más premios, que de hecho ya hay suficientes para otorgarle al menos uno a cada uno de los escritores existentes. Eso dicen y debe ser cierto. No importa. Ganar el Alfaguara fue un alegrón, desde la llamada telefónica de José Saramago, presidente del jurado, aquella madrugada del ya remoto 2004 en que me despertó su portuñol con una noticia que, como dice uno de mis co-ganadores, debía querer decir que me había sacado el premio, porque no iba a llamarme Saramago a informarme que había perdido. Alegría desde ese día, digo, hasta el final de la gira maratónica: la confrontación con públicos de tantos países; la deliciosa confirmación de que el idioma español es como un océano en el cual nadamos y nos encontramos 500 millones de seres; la camaradería con los equipos de la editorial, que te adoptan como a un huérfano y se convierten durante meses en tu familia más cercana. Y ya luego pasan los años, los nuevos Premios Alfaguara son cada vez más jóvenes, más altos, más audaces, la corona va pasando de cabeza en cabeza y va creciendo el clan, del cual haces parte ya para siempre.»

Ema Wolf, ganadora del Premio Alfaguara
en 2005 junto a Graciela Montes con
El turno del escriba

«Fue un premio muy estimulante, sobre todo porque demostró ser amplio, sin cálculo. Graciela y yo escribimos acerca de un viajero de la Europa medieval. Eso estaba lejos de los tópicos de la actualidad, lejos de los temas “vendedores”. Pero el jurado actuó con libertad y decidió a partir del valor que encontró en el texto, en la escritura, que para nosotras era lo más importante.»

Santiago Roncagliolo,
ganador del Premio Alfaguara en 2006 con
Abril rojo

«En un mundo en que el español gana importancia, el premio Alfaguara es el de mayor proyección a ambos lados del Atlántico, el que más acerca a un autor a quinientos millones de lectores. Y también es muy divertido. La gira te permite conocer todo el mundo hispano: como el viaje de motocicleta del Che Guevara, pero en business class.»

Luis Leante,
ganador del Premio Alfaguara en 2007 con Mira si yo te querré

«El Premio Alfaguara de Novela en 2007 supuso algo más que un empuje importante a mi carrera literaria. Una vez que se apagaron los focos y dejaron de sonar los teléfonos, lo que quedó fue la sensación de haber vivido muchas vidas en poco tiempo. No creo que el premio haya cambiado mi vida, pero me ha hecho verla de otra manera. Antes me obsesionaba con llegar a la meta y ahora lo que me apasiona es el camino.»

Andrés Neuman,
ganador del Premio Alfaguara en 2009 con
El viajero del siglo

«Recibir el Premio Alfaguara significó infinitamente más que la sumatoria de un libro, sus lectores y una cifra. Fue también un modo de aventurarse en dos continentes queridos: América y Alfaguara. El hogar del que una vez partí, la casa a la que un día llegué. Desde su planteamiento panhispánico, el premio señala un camino de ida y vuelta que ojalá fuese costumbre en nuestro dividido panorama editorial. Mis dos orillas lo agradecen al unísono.»

Juan Gabriel Vásquez,
ganador del Premio Alfaguara en 2011 con
El ruido de las cosas al caer

«Juro que no sé cuál fue el verdadero premio. Varias posibilidades se me ocurren: la comprensión que me queda, después de aquella gira despiadada, de mi continente inabarcable; el privilegio, el inmenso privilegio, de haber conocido a mis anfitriones de cada país y compartido su tiempo y recibido su generosidad; las horas muertas en aviones y en hoteles que para mí nunca fueron horas muertas, sino una suerte de larga beca de lectura. Cada una de estas razones justificará para siempre esos meses. Y ni siquiera he comenzado a hablar de mi libro.»